El debate sobre el debate

meme rajoy

A unos días del inicio de la campaña electoral no estamos hablando de propuestas para crear empleo o bajar los impuestos, garantizar los servicios sociales o la unidad de España ante el cada vez más estrambótico independentismo catalán. La opinión pública está centrada en lo que hacen los políticos en la tele, en una campaña donde la parrilla televisiva ha sustituido al mitin político. Donde el candidato a presidente ya no sólo sale en en el informativo o la tertulia seria de la noche, sino también en El Hormiguero, y al paso que vamos, no os extrañe ver a Albert Rivera de tronista. En este contexto, surge con fuerza el debate espectáculo entre los líderes políticos, un formato hace tan sólo unos años olvidado tanto por políticos como por los propios medios. Recordemos que en la campaña de 2004, por ejemplo, no hubo ni siquiera debate entre los dos principales candidatos.

Pero lo curioso en esta explosión de ganas de debatir es que al final no se acaba hablando de qué se debate, sino del quién. Nos importa más el continente que el contenido. Tanto, que me he animado a escribir este artículo precisamente porque veía a muchos amigos comentando la conveniencia o no de que Rajoy participe en estos debates. No importa lo que vayan a decir, sino si va a ir o no a decirlo. Es la conclusión que se extrae tras el debate de El País sin Rajoy. ¿Alguien se acuerda de lo que se debatió? prácticamente no. Sólo que Rajoy no fue y todo el conjunto de teorías y columnas de opinión valorando el que no fuera.

Mi humilde opinión es simple: que Rajoy y su equipo hayan decidido que sólo asista al cara a cara contra Pedro Sánchez no es cobardía, es sólo pura estrategia. Acertado o no no lo se, eso lo veremos el 20 de diciembre. Pero estrategia al fin y al cabo basada en el convencimiento de que Rajoy no tiene nada que ganar, y sí que perder, si se dedica a ir a todos los debates a cuatro, a seis o contra todo quisqui. Una estrategia que entraña un gran riesgo o inconveniente: que seas visto ante la opinión pública como un cobarde. Ese es el principal argumento de sus contrincantes, que no dejan de repetir el mantra de que “alguien que no quiere debatir no puede ser presidente” (como si esto ahora fuera la condición sine qua non para estar en Moncloa). Pero yo insisto, háganse la pregunta ¿qué gana Rajoy yendo a estos debate a parte de contrarrestar lo de ‘cobarde’? Nada. No gana nada.

El cara a cara contra Pedro Sánchez es distinto. Estás con el líder de la oposición, con el que ha sido tu rival natural, en un debate al 50% de opciones de ganar. Polarizas las opciones en dos (que no se dispersan en cuatro o más). Debates con alguien que tiene mochila y experiencia de gobierno, como tú, como es el líder del PSOE, con sus defectos y errores. Pedro Sánchez y el PSOE no son marcas impolutas como Albert Rivera o Pablo Iglesias (aunque este último ya empieza a acusar los ‘gobiernos de cambio’ y ocurrencias de diputados y concejales), marcas a las que no puedes reprochar nada porque en su haber no tienen nada malo, salvo precisamente eso, su nula experiencia. Es muy difícil debatir contra quien sólo tiene palabras bonitas y propuestas ideales que no tiene que demostrar porque no gobierna, no se moja, ni parece que vaya a hacerlo.

Rajoy no iba a ganar nada yendo al debate de El País. Es más, su ausencia trastocó el propio debate. Si hubiese asistido, el debate se habría convertido en un todos contra Rajoy. Machacar al presidente. Al no ir, se dedicaron a lanzarse los trastos entre ellos y sacarse sus miserias. Mediáticamente tampoco ganaba nada. El debate se retransmitía on line y por 13TV, lo que supuso un share del 4% y 755.000 espectadores. A la misma hora Rajoy hacía una entrevista en Tele 5 con el 16% de share y casi 3 millones de espectadores. El gran público televisivo, como mi madre, ni se enteroó de la existencia del debate. ¿Qué harían ustedes, debatir donde te atizan ante menos de un millón o entrevista en la que te vendes ante 3 millones? Creo que todos lo tenemos claro.

Rajoy y el PP se han dado cuenta de la necesidad de comunicar y hacerlo en todos los formatos. Tarde, sí, pero al fin se han puesto manos a la obra. El programa de Bertín Osborne, que vieron 4.350.000 personas, y en el que pudimos ver a un presidente cercano y humano, le va a hacer ganar más simpatías que cualquier debate, por mucho que consiguiera apalizar dialécticamente a sus rivales.

El debate a cuatro de Antena 3 sí es ante el gran público, y tendrá más trascendencia mediática. Es arriesgado no ir y mandar a Soraya, pero no deja de entrar en la misma lógica que el resto de debates: ¿Ganas algo? Quizá, piensan las mentes genovesas, más vale correr el riesgo de quedar de ‘cobarde’ que ir a que te aticen sin rascar nada a cambio. Para defender la postura del PP ya está Soraya, que tiene muy buen punch, ironía y retranca, y además en la puesta en escena se marca un tanto: joven, mujer, y preparada, frente a candidatos guapos y con labia. Soraya ya sabe de antemano que le van a echar en cara que por qué va ella y no Rajoy, pero en sus manos está que al final del debate no nos acordemos de eso sino de que la vicepresidenta ha vapuleado a sus rivales y ha sabido convencer con la labor del Gobierno y el PP. Es una estrategia que puede salir bien o mal, pero estrategia al fin y al cabo, tan válida como la de Albert Rivera de pasarse el día expuesto de plató en plató hasta resultar tedioso.

No estoy justificando el no ir a los debates. Ojalá se debatiera todo. Pero esto es política, y en política uno debe valorar qué saca a cambio. Y no siempre ir a los debates es la solución. Lo digo por propia experiencia tras años yendo a debates. A veces, los debates a los que iba eran una encerrona, donde hacían un 3 contra 1, con presentador incluido sacando sólo temas de corrupción del PP y no dejándome hablar el suficiente tiempo para replicar todas las barbaridades que decían y luego explicar mis propuestas. Al final te cansabas y decías que en esas condiciones el PP no asistiría al debate… Entonces los organizadores se ponían dóciles, se disculpaban y pedían que volvieses ¿Por qué? Porque ellos sabían que sin el representante del PP no había debate, sino un diálogo de amigos aburrido en el que toda la izquierda iba de la manita y sin debatir entre ella salvo atizar al PP.

Dejar un debate vacío también puede fallar y ser un gran error. Creo que fue una equivocación, por ejemplo, cuando Javier Arenas dejó el debate vacío de Canal Sur contra Griñán con la excusa de que era un televisión que manipulaba. Lo que realmente dejó fue al televidente andaluz sin escuchar sus propuestas en prime time y a Griñán vía libre para venderse. Hay veces, que aunque sea un debate hostil de todos contra ti y poco vayas a sacar, vale la pena ir, al menos para poder contrarrestrarles y no regalarles un monólogo de barbaridades contra tu partido.

Y tampoco creamos que, debata o no Rajoy, esto va a ser la puntilla que determine quién gana las elecciones. Hay candidatos que han perdido el debate presidencial y luego han ganado de calle, como Obama contra Romney en 2012. Incluso se dice que perdió el debate adrede. La gente que ve los debates ya está condicionada a favor de uno u otro candidato y en más del 90% ya tiene decidido su voto. Ver el debate sólo nos sirve para autoafirmarnos de que nuestro candidato es el mejor. Siempre pensaremos que nuestro candidato ha ganado, salvo catástrofe del mismo.

En definitiva, estrategias de campaña hay muchas, y luego cada uno arrimará el ascua a su sardina en función del resultado de la noche del 20 de diciembre. Aunque la estrategia haya sido errónea en sí misma. Si se sacan los escaños deseados, dirán que fue un acierto sólo ir al cara a cara con Sánchez. Si hay debacle, saldrán en seguida los gurús de la opinión pública a decir que fue culpa de no ir al debate, entre otras. Veremos en dos semanas quién acierta.

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